Lo que quiero, lo que debo

Es frecuente encontrarse en la encrucijada de una decisión que te hace plantearte la duda que indico en el título del post. ¿Qué es lo que quiero, qué es lo que debo?

decisionSi tomas la primera premisa, qué es lo que quiero, debes llevarla hasta el final, sin remordimientos. Hago esto porque quiero pero luego no me como el coco, por las consecuencias.
Si tomas la segunda premisa, estás teniendo en cuenta algo externo y cercano que te influye, a lo cual no debes atacar ni reprochar por no haber podido hacer lo que querías, por su culpa.
La cosa va así. Al menos desde un punto de vista reflexivo, ordenado y civilizado.
La empatía, un término que define la capacidad de ponerse en el lugar del otro en una situación dada ayuda enormemente en el proceso de toma de decisiones, y es una buena ayudante en la resolución de conflictos, sean personales, relacionales o sociales.

Romper un plan previsto es algo que puede fastidiar, y mucho. Desde el momento en que creas la idea en tu cabeza: voy a hacer esto. Empiezas a imaginarte toda clase de situaciones y a crearte toda clase de expectativas. Comúnmente esto se llama «hacerse el cuento de la lechera». Si la lechera se rompe, se rompe el hechizo, el plan, la expectativa.Pero hay que estar preparados para ello. Las causas de que el plan no se pueda llevar a cabo pueden ser muchas, pero en todo caso, si decidimos que el plan ya terminó, ya no se va a realizar, es mejor asumirlo, dejarlo ahí aparcado y a otra cosa. ¿Qué voy a hacer ahora que ya no voy a hacer aquello otro que tenía pensado? Y así creas nuevos planes, nuevas ideas y nuevas expectativas, porque el resentimiento, la culpa,  la nostalgia, el reproche…sólo te anclan en el pasado, es una manera de culpabilizar a otros para no asumir responsabilidades y una buena excusa: Es que no pude hacer aquello por culpa de esta persona.

A veces hay que pensar que si aquello no pudo ser, es que quizás no tenía que ser, y de todo hay que sacar nuevas conclusiones y sobre todo aprender porque para eso estamos aquí ¿no crees?

Lecciones del día a día

Hoy he tenido un momento de esos en los que parece que literalmente te tiran una jarra de agua fría por encima. He realizado una llamada a una persona que conozco y me ha colgado antes de contestar, aún así, la interlocutora no ha podido percibir cómo oía su rotundo “Pero qué pesada, coño!”. Dos segundos, una frase que no debería haber oído, y me ha dejado en fuera de juego un buen rato.

Esa persona no es mi amiga, no tengo un gran concepto de ella, y simplemente se que no la voy a llamar más, pero aún así me fastidia. Y me fastidia porque aunque así ha de ser, sólo de los errores se aprende.

Yo también he hecho eso, alguien me llama y no le cojo el teléfono y pienso o digo “joder este pelma de nuevo”. O acabo de hablar con alguien que me ha calentado la oreja y digo una vez que he colgado “pero que tía más plasta por dios”. Se que mis interlocutores nunca me han oído, pero es igual, lo he hecho, lo he pensado. ¿Por qué me ha sentado tan mal que me lo hiciesen a mí? Creo que finalmente he probado el sabor amargo de mis propias acciones. Es mi deber rectificar y no volver a hacer algo semejante, porque ahora se que sienta fatal. ¿Y si alguna vez me hubiese oído alguna de esas personas a las que he dicho algo así una vez que he colgado?

No nos puede caer bien todo el mundo, ni le podemos caer bien a todos. Y muchas veces nos pillan en un mal momento. Pero a veces estamos demasiado por lo nuestro, y poco por lo de los demás.

El teléfono móvil se ha convertido además en un objeto que aunque imprescindible muchas veces resulta molesto e incordiante. Parece que siempre debemos estar disponibles a la llamada de cualquiera y a cualquier hora, o que los demás lo estén para nosotros. En parte hemos roto las reglas de la privacidad, la intimidad, o la tranquilidad, fastidiándonos a nosotros mismos siempre con ese aparatejo a cuestas o dando la murga a los demás.

Ciertamente creo que no le voy a dar más vueltas, pero desde luego, y de la manera más desconcertante hoy he aprendido una antiquísima lección: “No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti” Y en el fondo me alegro de ello.