Lecciones del día a día

Hoy he tenido un momento de esos en los que parece que literalmente te tiran una jarra de agua fría por encima. He realizado una llamada a una persona que conozco y me ha colgado antes de contestar, aún así, la interlocutora no ha podido percibir cómo oía su rotundo “Pero qué pesada, coño!”. Dos segundos, una frase que no debería haber oído, y me ha dejado en fuera de juego un buen rato.

Esa persona no es mi amiga, no tengo un gran concepto de ella, y simplemente se que no la voy a llamar más, pero aún así me fastidia. Y me fastidia porque aunque así ha de ser, sólo de los errores se aprende.

Yo también he hecho eso, alguien me llama y no le cojo el teléfono y pienso o digo “joder este pelma de nuevo”. O acabo de hablar con alguien que me ha calentado la oreja y digo una vez que he colgado “pero que tía más plasta por dios”. Se que mis interlocutores nunca me han oído, pero es igual, lo he hecho, lo he pensado. ¿Por qué me ha sentado tan mal que me lo hiciesen a mí? Creo que finalmente he probado el sabor amargo de mis propias acciones. Es mi deber rectificar y no volver a hacer algo semejante, porque ahora se que sienta fatal. ¿Y si alguna vez me hubiese oído alguna de esas personas a las que he dicho algo así una vez que he colgado?

No nos puede caer bien todo el mundo, ni le podemos caer bien a todos. Y muchas veces nos pillan en un mal momento. Pero a veces estamos demasiado por lo nuestro, y poco por lo de los demás.

El teléfono móvil se ha convertido además en un objeto que aunque imprescindible muchas veces resulta molesto e incordiante. Parece que siempre debemos estar disponibles a la llamada de cualquiera y a cualquier hora, o que los demás lo estén para nosotros. En parte hemos roto las reglas de la privacidad, la intimidad, o la tranquilidad, fastidiándonos a nosotros mismos siempre con ese aparatejo a cuestas o dando la murga a los demás.

Ciertamente creo que no le voy a dar más vueltas, pero desde luego, y de la manera más desconcertante hoy he aprendido una antiquísima lección: “No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti” Y en el fondo me alegro de ello.

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