Viajar en tren, mi espacio zen

Me gusta viajar en tren. Quizás porque he viajado mucho en tren, porque una gran parte de mi familia han sido ferroviarios, porque me trae gratos recuerdos de la infancia de larguísimos viajes en tren cruzando toda España para visitar a familiares, frente a desagradables recuerdos de las veces que recorríamos el mismo trayecto en coche, donde la única distracción era pelearme con mi hermano antes de marearme como un pato a la que se presentaban curvas, y preguntar sin cesar ¿cuándo llegamos?, hasta que sacaba de quicio a mis padres.

El tren tiene algo que me inspira. Es ese momento en el que te dejas llevar, puedes dedicarte a pasar el rato mientras dura el trayecto, y en mi caso me encanta leer, escribir, pensar, charlar y observar.

Es evidente que esa visión romántica del tren sólo la tengo cuando voy en un tren mínimamente cómodo y que no vaya abarrotado de gente. Coger un tren de Barcelona a Tarragona un viernes por la tarde, abarrotado de gente y teniendo que estar la mayor parte del trayecto de pie y respirando humanidad demasiado cerca, no es precisamente agradable. Y supongo que si tuviese que coger el tren cada día en hora punta, enterraría esa idea idílica que tengo de los viajes en tren.

Pero lo cierto es que viajo sólo de vez en cuando, en trayectos que suelen durar de una a dos horas, tres como máximo y lo que más me entusiasma es que en el trayecto pasen cosas interesantes. ¿Qué te puede pasar de interesante en un tren? Pues por ejemplo, conocer a gente interesante o bien observar historias románticas, extrañas, misteriosas o desconcertantes. También te puede venir una idea a la mente que en ese momento te parece brillante, sobre la que luego puedas desarrollar un proyecto, del tipo que sea, personal, profesional, sentimental…

A veces, según los personajes que te acompañen en el trayecto, es necesario cambiar de asiento o de vagón, no siempre la compañía es grata, o a veces, simplemente gritan tanto o dicen tal cantidad de tonterías juntas, que te desconcentras de lo que estés haciendo y has de levantarte y cambiar de sitio.

Aún así, me quedo con los momentos inspiradores, y con las personas peculiares de todo tipo que he conocido.

Recuerdo una mañana de invierno, en que entablé conversación con Paula, una señora que conocí en mi estación de origen. Era una señora de más de sesenta años, mallorquina, que había venido a un pueblo de la provincia de Tarragona a visitar a su hermana. Cada año lo hacía. Era una mujer sencilla, que no había tenido muchas oportunidad en la vida, pero con una vitalidad y un optimismo tremendo. Su salud no era del todo buena, pero allí estaba, y mientras su cuerpo y su cabeza se lo permitiese, continuaría haciendo ese viaje para visitar a su hermana los años que hiciesen falta.

Hablamos de la vida, y de la vejez. Decía que hacerse mayor no era bonito, pero que había que vivirlo con dignidad y evitando siempre los medicamentos. La medicación mantenía a su marido apoltronado en el sofá todo el día mirando la tele. Hubo un tiempo en que ella cayó en ese vicio de una pastilla para esto, otra para contrarrestar el efecto secundario de la primera y así varias pastillas al día, hasta que decidió que aquello había que pararlo. Buena alimentación, aire puro y largos paseos por la Platja de Palma, eran el mejor sustituto a las pastillas. Y así llevaba años. Le gustaba hablar y a mi me encantó escucharla.

Otro día que cogí el tren en Barcelona, me senté y por el rabillo del ojo vi como un hombre grandote, con pinta de bonachón y de más de sesenta años, me hacía señas y me dijo con voz ronca que si quería sentarme a su lado y charlar un rato, así el trayecto se haría más ameno. Yo me había hecho a la idea de poder disfrutar de un libro nuevo que me acababa de comprar durante el viaje, pero me hizo gracia la invitación, sencilla y franca de aquel hombretón, y me senté a su lado. Durante el trayecto, prácticamente sólo habló él. Estaba claro que me había invitado a escucharle. Pero su conversación no era aburrida. Estaba jubilado. Había trabajado en temas de medio ambiente para la ONU, había vivido en varios países y me explicó mil y una historias sobre política internacional, conflictos, proyectos de cooperación, todo lo que dio de sí el trayecto de Barcelona a Tarragona. Cuando llegamos a su estación, se despidió con un simple adiós y un “encantado de haber conversado contigo”. Un personaje peculiar pero al que también me encantó escuchar.

La vida está llena de encuentros interesantes, que te hacen aprender, crecer, y descubrir la cantidad de posibilidades que puede llegar a tener una vida. Sólo es necesario abrirse a esos momentos, dejar que ocurran, y en la medida de lo posible pensar en una cosa:

Quienquiera que seas, siempre he confiado en la bondad de los desconocidos…

(Esta frase, que siempre me ha entusiasmado, la pronunció Marisa Paredes en la película Todo sobre mi madre de Pedro Almodóvar)

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